Aristóteles: EL HÁBITO EN LA ÉTICA A NICÓMANO

LIBRO I

I. [1094 a] Parece que toda arte y toda investigación, e igualmente toda actividad y elección, tienden a un determinado bien; de ahí que algunos hayan manifestado con razón que el bien es aquello a lo que todas las cosas aspiran. Aunque es claro que existe una diferencia entre los fines: en efecto, en unos casos hay actividades, mientras que en otros hay ciertas realizaciones que acompañan a éstas.

En los casos en que acompañan a las actividades determinados fines, en éstos son mejores por naturaleza las realizaciones que las actividades.

Mas como quiera que son numerosas tanto las actividades, como las artes y las ciencias, numerosos resultan ser también los fines: en efecto, el de la medicina es la salud, de la construcción naval un navío, de la estrategia la victoria y de la economía la riqueza. Y entre las de esta clase, cuantas caen bajo una sola facultad (como, por ejemplo, la fabricación de frenos y cuantas se ocupan de la fabricación de instrumentos hípicos caen bajo la Hípica – y ésta, lo mismo que toda actividad bélica, cae bajo la Estrategia-, y, de la misma manera unas se subordinan a otras diferentes)… en absolutamente todas las artes, claro está, los fines de las directivas son preferibles a los de cuantas se subordinan a ellas, pues éstas se buscan por causa de aquéllas. Y nada im porta que los fines de las acciones sean las propias actividades o que haya algún otro además de ellas, como en el caso de las ciencias aludidas…

II. Pero, claro está, si en el ámbito de nuestras acciones existe un fin que deseamos por él mismo – y los otros por causa de éste- y no es el caso que elegimos todas las cosas por causa de otra (pues así habrá un progreso al infinito, de manera que nuestra tendencia será sin objeto y vana), es evidente que ese fin sería el bien e, incluso, el Supremo Bien.

¿Acaso, entonces, el conocimiento de éste tiene una gran importancia para nuestra vida y alcanzaremos mejor lo que nos conviene com o arqueros con un blanco?

Si ello es así, habrá que intentar captar, al menos mediante un bosquejo, cuál es este fin y a cuál de las ciencias o facultades pertenece. Parecería que pertenece a la más importante y a la directiva por excelencia, y es manifiesto que ésta es la Política, pues es ella la que ordena qué ciencias tiene que haber en las ciudades y cuáles debe aprender [1094b] cada uno y hasta dónde. Y vemos que las facultades más estimadas caen bajo ésta, com o la Estrategia, la Economía y la Oratoria…

VII. Pero volvamos otra vez al bien que estamos buscando: de qué clase podría ser. Parece claro que cada uno reside en una actividad o técnica: en efecto, uno reside en la Medicina, otro en la Estrategia, e igualmente en las demás. ¿Cuál es, pues, el bien de cada una en particular? ¿No será aquello por lo cual se realiza lo demás? Esto es, la salud en la Medicina, la victoria en la Estrategia, una casa en la Construcción, y cada cosa en una actividad -y en toda actividad y elección, el fin, pues todos realizan las demás cosas con vistas a éste-. De manera que, si hay un fin de todas las cosas propias de la acción, éste sería el bien propio de la acción; y si hay más, serían ellos. He aquí que, con un cambio de argumento, se ha llegado al mismo punto; mas hay que intentar aclararlo todavía más.

Puesto que los fines son manifiestamente más de uno, y elegimos entre ellos a uno por causa de otro com o, por ejemplo, la riqueza, las flautas y en general los instrumentos, es evidente que no todos son últimos, y es obvio que lo mejor es lo último. De manera que, si es último un solo fin, éste sería el que buscamos; y, si lo son más de uno, el último de todos. A lo que se persigue por ello mismo lo llamamos más «final» que a lo que se persigue por causa de otra cosa; y a lo que nunca se elige por otra cosa, más final que a las cosas que se eligen tanto por sí como por esto otro. Sencillamente, es último lo elegible por sí mismo siempre y nunca por causa de otra cosa.

Y una cosa así parece ser, sobre todo, la felicidad, pues ésta la elegimos siempre por ella misma y nunca por otra cosa, mientras que los honores, el placer, la inteligencia y toda virtud las elegimos, desde luego, por ellas mismas (pues elegiríamos a cada una de ellas aunque de ellas nada resulte), pero las elegimos también por causa de la felicidad, por suponer que vamos a ser felices por su causa. [1097 b]

En cambio, nadie elige la felicidad por causa de éstas, ni en general por otra cosa. Y es manifiesto que esto mismo se deriva de su autosuficiencia, pues parece que el bien completo es autosuficiente. Mas la autosuficiencia la referimos no a uno en soledad, al que vive una vida solitaria, sino también a sus padres, hijos, esposa y, en general, a sus seres queridos y conciudadanos, puesto que el hombre es un ser político por naturaleza. Aunque, claro, hay que poner a éstos un límite: pues si uno se extiende a los antepasados y a los descendientes y a los amigos de los amigos, tendrá un progreso al infinito. Pero esto hay que analizarlo más tarde. Entendemos por «autosuficiente» aquello que, por sí solo, hace la vida preferible y sin que carezca de nada; y una cosa así creemos que es la felicidad; y la más elegible de todas, aunque no se le sume nada más -pues si se le suma, será evidentemente todavía más preferible en unión del más pequeño de los bienes: lo que se añade constituye un exceso de bienes y de los bienes es siempre preferible el más grande-.

Resulta, pues, manifiesto que la felicidad es una cosa completa e independiente ya que es el fin de la acción.

LIBRO II

I. Y, claro, dado que la virtud es doble -una intelectual y otra moral- la intelectual tom a su origen e increm ento del aprendizaje en su mayor parte, por lo que necesita experiencia y tiempo; la moral, en cambio, se origina a partir de la costumbre, por lo que incluso de la costumbre ha tomado el nombre con una pequeña variación.

De aquí resulta también evidente que ninguna de las virtudes morales se origina en nosotros por naturaleza: en efecto, ninguna de las cosas que son por naturaleza se acostumbra a otro comportamiento.

Por ejemplo, la piedra, que se dirige por naturaleza hacia abajo, nunca podría acostumbrarse a dirigirse hacia arriba ni aunque uno tratara de acostumbrarla tirándola miles de veces hacia arriba; ni el fuego hacia abajo, ni ningún otro de los elementos que se originan de una manera podría acostumbrarse a un comportamiento diferente. Por consiguiente, las virtudes no se originan ni por naturaleza ni contra naturaleza, sino que lo hacen en nosotros que, de un lado, estamos capacitados naturalmente para recibirlas y, de otro, las perfeccionamos a través de la costumbre.

Más aún: de cuanto se origina en nosotros por naturaleza primero recibimos las facultades y después ejercitamos sus actividades. (Ello es evidente con los sentidos, pues no por ver muchas veces o por oír muchas veces hemos recibido estos sentidos, sino al revés: los utilizamos porque los tenemos, no los hemos adquirido por utilizarlos.)

Las virtudes, en cambio, las recibimos después de haberlas ejercitado primero.

Lo mismo que, por lo demás, en las artes: lo que hay que hacer después de aprenderlo, eso lo aprendem os haciéndolo: por ejemplo, los hombres se hacen constructores construyendo y citaris1103b tas tocando la cítara. Pues bien, de esta manera nos hacemos justos realizando acciones justas y valientes. Esto lo corrobora lo que sucede en las ciudades: los legisladores hacen buenos a los ciudadanos con la costumbre. Ésta es la voluntad de todo legislador y cuantos no lo hacen bien, fracasan; y en esto reside la diferencia entre una buena y una mala constitución.

Más aún: toda virtud se origina como consecuencia y a través de las mismas acciones. Y el arte, igual: de tocar la cítara se originan los buenos y los malos citaristas.

Y de m an era similar los constructores y todos los demás: de construir bien se harán buenos constructores y de construir mal, malos. Porque de no ser así, ninguna necesidad habría de que alguien enseñara, sino que todos habrían nacido buenos o malos.

Pues bien, así sucede también con las virtudes: es realizando las acciones relativas a las transacciones con los hombres com o unos nos hacemos justos y otros injustos; y realizando las acciones relativas a las situaciones de peligro, y acostumbrándonos a temer o a tener valor unos nos hacemos valientes y otros cobardes. E igualmente sucede con los apetitos y la ira: unos se hacen templados y mansos y otros intemperantes e irascibles -unos por desenvolverse de una manera y otros de otra en las mismas circunstancias-.

Bien, en una palabra: los hábitos se originan a partir de actividades correspondientes. Por ello hay que realizar actividades de una cierta clase, pues de acuerdo con las diferencias entre ellas se siguen los hábitos.

En consecuencia, no es pequeña la diferencia entre habituarse en un sentido o en otro ya desde jóvenes; es de gran importancia o, mejor, de la máxima importancia.

III. Y hay que poner com o signo de los hábitos el placer o el dolor que se añade a las acciones. En efecto, el que se abstiene de los placeres corporales y goza por ello es templado, pero si sufre, es intemperante; y el que soporta las cosas terribles y se alegra o al menos no sufre, es valiente; pero el que sufre es cobarde. Y es que la virtud m oral concierne a los placeres y a los dolores: por causa del placer realizamos acciones malas, mientras que por causa del dolor nos abstenemos de las acciones buenas. Por lo cual debemos ser educados de alguna manera directamente desde la niñez, tal com o dice Platón, de manera que nos alegremos y suframos con las cosas que se debe, pues ésta es la recta educación…

IV. Podría plantearse com o problema en qué sentido decimos que hay que realizar acciones justas para ser justos y moderadas para ser temperantes. Porque si los hombres realizan acciones justas y comedidas, ya son justos y comedidos, lo mismo que si realizan acciones gramaticales y musicales ya son gramáticos y músicos. ¿O acaso no sucede de esta manera con las artes? Porque es posible realizar algo que sea gramatical tanto por casualidad com o porque otro lo sugiere. Entonces, pues, uno será gramático no sólo si hace algo gramatical, sino también si lo hace com o un gramático – y esto es lo que se conforma al arte gramatical que él posee-. Aún más: tampoco hay en esto semejanza entre las artes y las virtudes, pues aquello que se realiza por obra de las artes posee en sí mismo la excelencia.

Es suficiente, por tanto, que se realice de una forma determinada, mientras que aquello que se realiza conforme a las virtudes no se realiza con justicia o con templanza porque estas mismas acciones sean de una determinada manera, sino porque, además, las realiza el agente estando de una determinada manera: en primer lugar si actúa con conocimiento; después, si lo hace por elección y si las elige por ellas mismas; y en tercer lugar, si también las realiza manteniéndose firme e inconmovible.

[1105 b] Y estas condiciones no cuentan por lo demás a la hora de adquirir las artes, excepto el propio conocimiento, mientras que para adquirir las virtudes el conocimiento tiene escaso o ningún valor. En cambio, las otras condiciones no es que puedan poco, sino que lo pueden todo, en tanto que por el hecho de realizarlas muchas veces, las acciones se convierten en justas y moderadas.

 

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