Platón: LA JUSTICIA EN LA REPÚBLICA Y FEDRO

El poder del que hablo sería efectivo al máximo si aquellos hombres adquirieran una fuerza tal como la que se d ice que cierta vez tuvo Giges , el antepasado del lidio. Giges era un pastor que servía al entonces rey de Lidia. Un día sobrevino una gran tormenta y un terremoto que rasgó la tierra y produjo un abismo en el lugar en que Giges llevaba el ganado a pastorear. Asombrado al ver esto; descendió al abismo y halló, entre otra s maravillas que narran los mitos, un caballo de bronce, hueco y con ventanillas, a través de las cuales divisó adentro un cadáver de tamaño más grande que el de un hombre, según parecía, y que no tenía nada excepto un anillo de oro en la mano. Giges le quitó el anillo y salió del abismo: Ahora bien, los pasto res hacían su reunión habitual para dar al rey el in forme mensual concerniente a la hacienda cuando llegó Giges llevando el anillo. Tras sentarse entre los demás. casualmente volvió el engaste del anillo hacia el interior de su mano. Al suceder esto se tornó invisible para los que estaban sentados allí quienes se pusieron a hablar de él como si se hubiera ido. Giges se asombró, y luego. examinando el anillo. dio vuelta el engaste hacia a fuera y tornó a hacerse visible. Al advertirlo experimentó con el anillo para ver si tenía tal propiedad y comprobó que así era: cuando giraba el engaste hacia adentro, su dueño se hacía invisible, y cuando lo giraba hacia a fuera. se hacía visible. En cuanto se hubo cerciorado de ello, maquinó el modo de formar parte de los que fueron a la residencia del rey como informantes: y una vez allí sedujo a la reina, y con ayuda de ella mató al rey y se apoderó del gobierno. (La República, Libro II. [359 d – 360 b])

Por consiguiente, si existiesen dos anillos de esa índole y se otorgara uno a un hombre justo y otro a uno injusto, según la opinión común no habría nadie tan íntegro que perseverara firmemente en la justicia y soportara el abstenerse de los bienes ajenos , sin tocarlos, cuando podría tanto apoderarse impunemente de lo que quisiera del mercado, como. al entrar en las casas, acostarse con la mujer que prefiriera, y tanto matar a unos como librar de las cadena s a otros, según su voluntad, y hacer todo como si fuera igual a un dios entre los hombres.

En esto el hombre justo no harta nada diferente del injusto, sino que ambos marcharían por el mismo camino. E incluso se diría que esto es una importante prueba de que nadie es justo voluntariamente, sino forzado, por no considerarse a la justicia como un bien individual ya que allí donde cada uno se cree capaz de cometer injusticias, las comete. [360 b – d]

-…Leoncío, hijo de Aglayón, subía del Pireo bajo la parte externa del muro boreal, cuando percibió unos cadáveres que yacían junto al verdugo público. Experimentó el deseo de mirarlos. pero a la vez sintió una repugnancia que lo apartaba de allí, y durante unos momentos se debatió interiormente y se cubrió el rostro. Finalmente. vencido por su deseo. con los ojos desmesuradamente abiertos corrió hacia los cadáveres y gritó: “Mirad malditos, satisfaceos con tan bello espectáculo…”

-También yo lo he oído contar.

– Este re lato significa que a veces la cólera combate contra los deseos, mostrándose como dos cosas distintas.

– Eso es lo que significa, en efecto.

– Y en muchas otras ocasiones hemos advertido que, cuando los deseos violentan a un hombre contra su raciocinio, se insulta a sí mismo y se enardece contra que, dentro de sí mismo, hace violencia, de modo que, como en un a lucha entre dos facciones, la fogosidad se convierte en aliado de la razón de ese hombre. No creo en cambio que puedas decir – por haberlo visto en ti mismo o en cualquier otro- que la fogosidad haga causa común con los deseos actuando contra lo que la razón decide. (Libro IV. [440 a – b])

…Tal como hicimos al principio de este mito, en el que dividimos cada alma en tres partes, y dos de ellas tenían forma de caballo y una tercera forma de auriga, sigamos utilizando también ahora este símil. Decíamos, pues, que de los caballos uno es bueno y el otro no. Pero en qué consistía la excelencia del bueno y la rebeldía del malo no lo dijimos entonces, pero habrá que decirlo ahora. Pues bien, de ellos, el que ocupa el lugar preferente es de erguida planta y de finos remos, de altiva cerviz, aguileño hocico, blanco de color, de negros ojos, amante de la gloria con moderación y pundonor, seguidor de la opinión verdadera y, sin fusta, dócil a la voz y a la palabra. En cambio, el otro es contrahecho, grande, de toscas articulaciones, de grueso y corto cuello, de achatada testuz, color negro, ojos grises, sangre ardiente, compañero de excesos y petulancias”, de peludas orejas, sordo, apenas obediente al látigo y los acicates. Así que cuando el auriga, viendo el semblante amado. (Fedro. [253 d])

Y así, como es natural, se seguir rápidamente, después de esto, todo lo demás. Y mientras yacen juntos, el caballo desenfrenado del amante tiene algo que decir al auriga, pues se cree merecedor, por tan largas penalidades, de disfrutar un poco. Pero el del amado no tiene nada que decir, sino que, henchido de deseo, desconcertado, abraza al amante y lo besa, como se abraza y se besa a quien mucho se quiere, y cuando yacen juntos, está dispuesto a no negarse, por su parte, a dar sus favores al amante, si es que se los pide. En cambio, el compañero de tiro y el auriga se oponen a ello con respeto y buenas razones.

De esta manera, si vence la parte mejor de la mente, que conduce a una vida ordenada y a la filosofía, transcurre la existencia en felicidad y concordia, dueños de si mismos, llenos de mesura, subyugando lo que engendra la maldad en el alma, y dejando en libertad a aquello en lo que lo excelente habita. (Fedro. [256 a – b])

Y la justicia era en realidad. según parece, algo de esa índole mas no respecto del quehacer exterior de lo suyo, sino respecto del quehacer interno, que es el que verdaderamente concierne a sí mismo y a lo suyo, al no permitir a las especies que hay dentro del alma hacer lo ajeno ni interferir una en las tareas de la otra.

Tal hombre ha de disponer bien lo que es suyo pro pio, en sentido estricto, y se autogobernará poniéndose en orden a sí mismo con amor y armonizando sus tres especies implemente como los tres términos de la escala musical: el más bajo, el más alto y el medio.

Y si llega a haber otros término s intermedios. los un irá a todos; y se generará así, a partir de la multiplicidad, la unidad absoluta, moderada y armónica. Quien obre en tales condiciones, ya sea e n la adquisición de riquezas o en el cuidado del cuerpo, ya en los asuntos del Estado o en las transacciones privadas, en todos estos casos tendrá por justa y bella – y así la denominará la acción que preserve este estado de alma y coadyuve a su producción, y por sabia la ciencia que supervise dicha acción. (La República, Libro IV. [443 d – e])

-Pues bien producir la salud equivale a instaurar el predominio de algunas partes del cuerpo sobre otras que son sometidas. conforme a la naturaleza; en cambio. la enfermedad surge cuando el predominio de unas y el sometimiento de otras es contrario a la naturaleza.

-Sin duda.

-En tal caso, parece que la excelencia es algo como la salud. la belleza y la buena disposición del ánimo; mientras que el malogro es como una enfermedad, fealdad y flaqueza.

-Necesariamente.

-Lo que nos resta examinar es, creo, qué es más ventajoso. si actuar con justicia. emprender asuntos bellos y ser justo – aún cuando pase inadvertido el que se sea de tal índole o si obrar injustamente y ser injusto, aun en el caso de quedar impune y no poder mejorar por obra de un castigo. [444 e – 445 a]

Por lo tanto, aquéllos que carecen de experiencia de la sabiduría y de la excelencia y que pasan toda su vida en festines y cosas de esa índole son transportados hacia abajo y luego nuevamente hacia el medio, y deambulan toda su vida hacia uno y otro lado; jamás han ido más allá de esto, ni se han elevado para mirar hacia lo verdaderamente alto, ni se han satisfecho realmente con lo real, ni han disfrutado de un placer sólido y puro sino que, como si fueran animales, miran siempre para abajo, inclinándose sobre la tierra, y devoran sobre las mesas, comiendo y copulando; en su codicia por estas cosas se patean y cornean unos a otros con cuernos y pezuñas de hierro, y debido a su voracidad insaciable se matan, dado que no satisfacen con cosas reales la irreal parte de sí mismos que las recibe. (Libro IX [586 a- b])

Por consiguiente, cuando el alma integra sigue a la parte filosófica sin disensiones internas , sucede que cada una de las partes hace en todo sentido lo que le corresponde y que es justo, y también que cada una recoge como frutos los placeres que le son propios, que son los mejores y, en cuanto es posible, los más verdaderos. [587 a]

Por consiguiente, y partir de este razonamiento, ¿es beneficioso para alguien apoderarse injustamente de oro si le acontece que, al mismo tiempo que se apodera del oro. esclaviza lo mejor de sí mismo a lo más deleznable?

Pues si alguien que, tras recibir oro, entregase a su hijo o a su hija en esclavitud a manos de hombres malos y salvajes, no se beneficiaría con eso ni aunque recibiera el oro en gran cantidad, ¿no será desdichado el que someta sin misericordia lo más divino de sí mismo a lo más ateo y abominable? Al recibir el oro como soborno. ¿no será la suya una ruina más terrible aún que la de Erifila cuando aceptó un collar por la vida de su marido? [589 e – 590 a]

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