Virginia Woolf: AL FARO

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No, pensó, reuniendo algunos de los recortes de las ilustraciones -el refrigerador, la cortadora del césped, un caballero vestido para una fiesta-, los niños no olvidan. Por esto es por lo que era tan importante lo que se decía, lo que se hacía; y era un alivio cuando se iban a la cama. Porque ahora era cuando no tenía que pensar en nadie obligatoriamente.

Podía ser ella misma, dedicarse a sí misma. Eso era precisamente lo que ahora necesitaba con tanta frecuencia: pensar; o quizá ni tan siquiera pensar. Estar en silencio, quedarse sola. Todo el ser y el hacer, expansivo y deslumbrante, se evaporaban; y se contraía, con una sensación de solemnidad, hasta ser una misma, un corazón de oscuridad en forma de cuña, algo invisible para los demás.

Aunque siguió tejiendo, sentada con la espalda derecha, porque era así como se sentía a sí misma; y este yo, habiéndose desprendido de sus lazos, se sentía libre para participar en las más extrañas aventuras. Cuando la animación cedía unos momentos, el campo de la experiencia parecía ilimitado. Suponía que esta sensación de acercarse a un depósito de recursos ilimitados era algo al alcance de todos; uno tras otro, ella, Lily, Augustus Carmichael, debían sentir que nuestras apariencias, lo que nos da a conocer, es algo sencillamente infantil. Bajo ellas todo es oscuridad, una oscuridad que todo lo envuelve, de insondable profundidad; pero de vez en cuando subimos a la superficie, y por esas señas nos conocen los demás. Su horizonte le parecía ilimitado. Allí estaban todos esos lugares que no había llegado a conocer; las llanuras de la India; sintió como si apartara la pesada cortina de cuero de una iglesia de Roma. Esta semilla de oscuridad podía ir a cualquier lugar, porque era invisible, nadie podía verla. No podían detenerla, pensó exultante. Había en ella paz, había paz, y había, lo mejor de todo, un conjunto de cosas, un apoyo para la estabilidad. No era la clase de descanso que hallaba una siempre, en su propia experiencia (en este momento hizo algo que requería mucha destreza con las agujas), sino que era como una cuña de oscuridad. Al perder la personalidad, se perdían las preocupaciones, las prisas, el afanarse, y le subía a los labios una exclamación como de triunfo sobre la vida, cuando las cosas se reunían en esta paz, en este descanso, en esta eternidad; y al detenerse en este momento, levantó la mirada para ver el rayo del Faro, el destello prolongado, el último de los tres, el suyo; porque al verlos en este estado de ánimo, siempre a esta hora, no podía una desentenderse de alguna cosa, en especial, que viera; y esta cosa, ese destello prolongado, era el suyo. Con frecuencia se sorprendía de sí misma, allí sentada y mirando, sentada y mirando, con la labor entre las manos; hasta que se convertía en aquello que miraba: aquella luz, por ejemplo. Y podía recoger alguna frasecilla u otra que hubiera permanecido de aquella forma en su mente: «Los niños no olvidan, los niños no olvidan.» Que repetía una vez tras otra, y a la que comenzaba a agregar: terminará, terminará. Así será, así será, cuando de repente, añadió: Estamos en manos del Señor.

Pero al momento se sintió molesta consigo misma por decir eso. ¿Quién lo había dicho?, no ella; había caído en la trampa de decir algo que no quería decir. Levantó los ojos de la labor, y vio el tercer destello, y le pareció como si sus ojos reflejaran sus propios ojos, buscando como sólo ella sabía hacer en su propia mente y en su corazón, purgando su vida de esa mentira, de todas las mentiras. Se alabó a sí misma al alabar aquella luz, sin vanidad, porque era inflexible, era perspicaz, era hermosa como aquella luz. Era raro, pensaba, cómo, cuando se quedaba sola, tendía a favorecer las cosas, las cosas inanimadas; los árboles, los arroyos, las flores; creía que la expresaban a una, y en cierto sentido eran una misma; sentía una ternura irracional (seguía con la mirada fija en aquel destello prolongado), como por ella misma. Aparecía, y se quedaba con las agujas quietas, y brotaba en el suelo de la mente, en la laguna del propio ser, una niebla, una novia al encuentro de su amante.

¿Qué le había hecho decir eso de Estamos en manos del Señor?, se preguntaba. La insinceridad que se deslizaba en medio de las verdades la molestaba, la irritaba. Volvió a la labor. ¿Cómo podría cualquier Señor haber hecho un mundo como éste?, se preguntaba.

Mentalmente siempre había sido muy consciente de que no hay razón, orden ni justicia; sino sufrimiento, muerte y pobreza. No había traición lo suficientemente abyecta que no se hubiera cometido en el mundo, lo sabía. La felicidad no duraba, lo sabía.

Tejía con deliberada compostura, apretando los labios levemente, sin darse cuenta de ello, tan fijas y regulares eran las arrugas de la cara por ese hábito de inflexibilidad que, cuando pasó su marido ante ella, riéndose para sí al recordar a Hume, el filósofo, que había engordado tanto que se había caído a un charco, y no podía salir, no dejó de darse cuenta, al pasar, de la severidad que había en el fondo de aquella belleza. Eso lo entristecía a él, y lo remota que era lo afligía, y advertía, al pasar, que no podía protegerla, y, cuando llegaba al seto, ya estaba triste. No podía hacer nada para ayudarla. Debía quedarse cerca y vigilar. A decir verdad, la maldita verdad es que la presencia de él hacía que las cosas fueran peor para ella. Era irascible, era susceptible. Se había enfadado con lo del Faro. Miraba hacia el seto, lo intrincado que era, lo oscuro que era.

Siempre, pensaba Mrs. Ramsay, podía una por sí sola salir, con renuencia, de la soledad, agarrándose a cualquier cosa, a algún sonido, a alguna imagen. Escuchaba, pero todo estaba callado: había terminado el críquet, los niños estaban bañándose; sólo se oía el rumor de la mar. Dejó de tejer, durante un momento se quedó colgando de sus manos el calcetín de color castaño rojizo. Volvió a ver la luz. Con una punta de ironía en la interrogativa mirada, porque, cuando una estaba bien despierta, las cosas cambiaban, dirigió los ojos hacia la luz, la luz sin piedad, sin remordimiento, que era en buena medida ella misma, pero, a la vez, era tan poco ella misma que la tenía a su capricho (se despertaba por las noches, y se erguía en la cama, y veía cómo barría el suelo); pero, con todo, pensaba, mirando fascinada, hipnotizada, como si la luz palpara con dedos de plata algún vaso oculto de su mente cuya explosión la inundase de satisfacción y placer, había conocido la felicidad, una felicidad exquisita, una felicidad intensa; y ahora argentaba la luz las airadas olas con un brillo algo más intenso, al declinar la luz diurna; y el azul desaparecía de la mar, y se desplegaba ésta en olas de color limón, que crecían y rompían en la playa, y el éxtasis estallaba en sus ojos, y olas de puro deleite recoman el suelo de su mente, y se decía ¡basta!, ¡basta! Se volvió y la vio. ¡Ah! Era un encanto, era más encantadora de lo que hubiera imaginado. Pero no podía hablar con ella. No podía interrumpirla. Tenía urgentes deseos de hablar con ella, ahora que James se había ido, y cuando por fin se había quedado sola. Pero tomó una decisión, no, no quería interrumpir su soledad. Estaba remotamente lejos de él ahora, con su belleza, su tristeza. La dejaría en paz, y pasó junto a ella sin decir una palabra, aunque lo hirió el ver que ella estaba tan lejos, que no podía llegar a ella, que no podía hacer nada para ayudarla. Habría vuelto a pasar junto a ella sin decir una palabra si ella, en ese mismo momento, no le hubiera dado a él por su propia voluntad lo que sabía que él nunca pediría; lo llamó, cogió el chal verde del marco del cuadro, se fue con él. Porque, ella lo sabía, quería protegerla.

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