Charles Baudelaire: SPLEEN DE PARÍS

IX
EL MAL VIDRIERO

Hay naturalezas puramente contemplativas y del todo impropias a la acción que, sin embargo, bajo un impulso misterioso y desconocido, a veces actúan con una rapidez de la que ellas mismas se hubieran sentido incapaces.

El que, por miedo de que su portero le dé una noticia penosa, da vueltas cobardemente durante una hora delante de la puerta de su casa sin osar volver a entrar, el que guarda quince días una carta sin abrirla, o que no se decide sino al cabo de seis meses a dar un paso necesario desde hace un año, a veces, siente que una fuerza irresistible lo empuja bruscamente hacia la acción, como la flecha de un arco. El moralista y el médico, que pretenden saberlo todo, no pueden explicar de dónde les viene así de repentinamente una energía tan loca a estas almas perezosas y voluptuosas, y cómo, siendo incapaces de llevar a cabo las cosas más simples y más necesarias, en un determinado instante encuentran un coraje estupendo para ejecutar los actos más absurdos y a veces incluso los más peligrosos. 

Uno de mis amigos, el más inofensivo soñador que jamás pudo haber existido, prendió una vez fuego a un bosque para ver, como él decía, si el fuego se propagaba con tanta facilidad como suele decirse. Diez veces consecutivas, el experimento falló; pero, a la onceava, fue un verdadero éxito. 

Otro encenderá un cigarrillo junto a un barril de pólvora, para ver, para saber, para tentar al destino, para obligarse a dar prueba de energía, para hacerse el jugador, para descubrir los placeres de la ansiedad, por nada, por capricho, por falta de quehacer.

Es una especie de energía que brota del hastío y del ensueño; y aquellos en quienes se manifiesta tan francamente, son en general, como lo he dicho, los seres más indolentes y soñadores.

Otro, tímido a tal punto que baja los ojos incluso ante la mirada de los hombres, a tal punto que debe reunir toda su pobre voluntad para entrar a un café o pasar delante de la boletería de un teatro, cuyos empleados le parecen estar dotados de la majestad de Minos, Éaco y Radamanto[1], le saltará bruscamente al cuello a un anciano que pasa a su lado y lo abrazará eufóricamente ante el gentío sorprendido. 

¿Por qué? Porque… ¿porque aquel rostro le parecía irresistiblemente simpático? Quizás; pero es más legítimo suponer que ni siquiera él mismo sabe por qué. 

Yo mismo fui víctima más de una vez de esas crisis y de esos impulsos, que nos autorizan a pensar que unos Demonios maliciosos se cuelan en nosotros y nos hacen obedecer, sin que nos demos cuenta, a sus más absurdos deseos. 

Una mañana, me había levantado malhumorado, triste, fatigado de ociosidad, e impulsado, me parecía, a hacer algo grande, una acción explosiva; y abrí la ventana, ¡ay de mí! (Les ruego observen que el espíritu de mistificación que, en algunas personas, no nace de un esfuerzo o de una combinación, sino de una inspiración fortuita, participa mucho, no sea más que por el ardor del deseo, en este estado de ánimo, histérico según los médicos, satánico según los que piensan un poco mejor que los médicos, y que nos impulsa irresistiblemente hacia un conjunto de acciones peligrosas o inconvenientes). 

La primera persona que vi en la calle fue un vidriero, cuyo grito penetrante, discordante, subió hasta mí a través de la densa y sucia atmósfera parisina. Me sería de hecho imposible explicar por qué me agarró, contra aquel pobre hombre, un odio tan repentino como despótico.

-“¡Ey! ¡Ey!” y le grité que suba. Entre tanto, pensaba, no sin un poco de alegría, que como la habitación estaba en el sexto piso, y la escalera era muy estrecha, sería muy penoso para el hombre abordar el ascenso y golpearía en varios lugares los ángulos de su frágil mercancía. 

Al final apareció; examiné atentamente todos sus vidrios y le dije: “¿Cómo? ¿No tiene usted vidrios de colores? ¿Vidrios rosas, rojos, azules, vidrios mágicos, vidrios del paraíso? ¡Debería estar avergonzado! ¡Cómo se atreve a pasearse por los barrios pobres sin siquiera tener vidrios que hagan ver la vida en colores!” Y lo empujé con fuerza hacia la escalera, donde tropezó gruñendo. 

Me acerqué al balcón, tomé una pequeña maceta, y cuando el hombre apareció en la salida de la puerta, dejé caer perpendicularmente mi máquina de guerra sobre el borde posterior de sus ganchos; derribado por el impacto, toda su pobre fortuna ambulante que generó un estallido cual palacio de cristal destruido por el rayo terminó rompiéndosele sobre la espalda.

Y, embriagado en mi euforia, le grité frenéticamente: “¡La vida en colores! ¡La vida en colores!”. Este tipo de bromas nerviosas no están exentas de peligro, y se las suele pagar caro. ¿Pero qué le importa la eternidad de la condenación a aquel que encontró en un segundo lo infinito del regocijo?



 

[1] Estos son los tres nombres de los jueces de los infiernos en la mitología antigua.

 

 

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