¿estamos viviendo el final del lenguaje?

 

Los seres humanos somos la única especie con la capacidad de comunicar no sólo nuestra realidad objetiva sino también nuestra subjetividad. Es eso lo que nos hace humanos: la capacidad de imaginar, de preguntarnos cosas, de hablar de lo que sentimos, desarrollar posturas, plantear ideas… El lenguaje objetivo o fáctico existe en otros animales no humanos. Y si bien compartimos muchos sentimientos entre mamíferos, la complejidad de nuestras ideas sobrepasa a la de cualquier otro animal.

Nuestro lenguaje responde a esa capacidad de imaginar y a la necesidad de hacer sentido de un cúmulo enorme de sentimientos. Una muestra de ello es que uno de los aspectos más importantes en el desarrollo de un niño pequeño, para quien el lenguaje es totalmente innato –Chomsky le llamó “gramática universal” con razón–, es desarrollar su capacidad de expresar ideas y sentimientos, más que sólo comunicar necesidades puntuales. El poder transmitir verbalmente sus frustraciones y sus deseos le dan la posibilidad al niño de entenderse a sí mismo y de entender el mundo: de explorar el mundo desde la manera como se siente con respecto a este. Steven Pinker se refiere al lenguaje como un instinto: no generamos lenguaje porque somos inteligentes o porque se nos enseñe a hacerlo sino porque simplemente no podemos evitarlo.

El lenguaje humano también trasciende lo verbal, aún en su amplitud este no nos alcanza. Conocemos muestras de las emociones y el deseo de comunicar realidades no existentes que datan de hace más de treinta mil años, plasmadas en pequeñas esculturas o en las paredes de cuevas por nuestros antepasados. La complejidad de las ideas humanas, y la necesidad y el reto de comunicarlas, dio lugar a lo largo de la historia al surgimiento no sólo de la filosofía y la literatura sino también del arte y la música. Y el arte, a su vez, fue encontrando innumerables lenguajes. Cuando la realidad se encrudeció más allá de lo imaginable también el arte lo hizo. Cuando la filosofía perdía terreno, el arte la abrazó y filosofó desde los símbolos, desde el sonido, el espacio e incluso el vacío. Si nos bastara la literalidad no existirían las catedrales, las pinturas cubistas, el conceptualismo, la melodía… Lo simbólico juega un papel central, y con ello la interpretación. Es por ello que la historia del arte es también la historia de nuestra mente, de la infinita posibilidad de la comunicación humana.

El lenguaje humano es, por lo tanto, el contenedor de emociones, sentimientos e ideas que en cada época han modelado los ideales y concepciones de sociedades enteras y de la individualidad que también nos caracteriza, de nuestro “genio”, o como escribiera Samuel Johnson: “la afirmación del espíritu humano”. El signo es, así, representativo del contexto. Nuestro lenguaje y los artefactos que creamos para comunicar nuestras ideas son producto de nuestra manera de entender el mundo, son reflejo de nuestras preocupaciones, de nuestros deseos, de nuestra cultura.

La época actual es una gobernada también por ideas, distintas a las de otras épocas pero siempre ideas –aunque anunciáramos el triunfo de la razón sobre el mito–. Nos hemos planteado ideales y hemos celebrado el fin de lo que considerábamos “bárbaro” o “salvaje” en pro de la civilidad y el desarrollo (lo que algunos entienden por ello, a menos). En el siglo XX las obras de arte, que buscaban contener, representar o abogar por su tiempo le cedieron paso a la publicidad y a la cultura popular –el éxito del marxismo y el concepto de igualdad–. Y con el paso del tiempo, la publicidad y el símbolo gráfico, caricaturesco y simplificado, se fue convirtiendo en un elemento central de la comunicación y el lenguaje –mientras el arte ha pasado a ser un producto más de consumo reservado para quienes pueden permitírselo–.

Este proceso es totalmente lógico. El leguaje se transforma y se adapta: “el lenguaje es uso”, dijo Wittgenstein. No tendría ningún sentido intentar comunicarnos hoy en el lenguaje de nuestros antepasados pues nuestras experiencias son otras. Nuestra necesidades siguen moldeando la manera en que nos comunicamos y definiendo los signos que nos representan. Hoy éstos buscan responder al ritmo de la vida que el capitalismo ha impuesto en nosotros, pero sin darnos cuenta también nos están limitando. En el intercambio cotidiano la pobreza de nuestro vocabulario se va haciendo cada vez más evidente. La efectividad de la comunicación avanza en detrimento del lenguaje mismo. Nos estamos quedando sin nada que decir, a la vez que nuestras emociones e ideas se banalizan. Porque ¿qué pasa cuando el lenguaje –o lenguajes– es sustituido por el diseño pre-configurado, infantiloide y vacío reflejado en emojis, gifs o stickers?

Los emoticones y emojis, surgidos en los años ochenta de la mano del internet y en Japón en los noventa, respectivamente, se han convertido en una nueva manera de expresar sentimientos e incluso opinar respecto a casi cualquier tema. Hoy en prácticamente todas las conversaciones escritas –la mayor parte del tiempo estamos inmersos en nuestras pantallas en lugar de interactuar con otros–, estas simplificaciones simbólicas han adquirido un papel importante, si no central. Los vemos en las redes sociales, en correos de trabajo, en los intercambios con las personas más cercanas. Sustituimos la conversación por el chat, el debate por las “reacciones”. Es más fácil elegir una figurita que mostrar empatía –Paul Bloom habla de empatía cognitiva, producto de la razón y la compasión– ante el sufrimiento o la injusticia. Es más fácil poner un corazón, un gesto de “enojo”, un gesto de “sorpresa”. Pero dónde quedan nuestras verdaderas emociones, y no digamos ideas? ¿Qué pasa cuando la complejidad de nuestro interior se reduce a una docena o más de muñequitos amarillos o manos “multirraciales”? Se aprueba o se desaprueba pero se es incapaz de argumentar u ofrecer retroalimentación: se es incapaz de construir ideas. La “opinión” esquematizada le gana al conocimiento y sobre eso es difícil construir cualquier cosa. La realidad se reduce al ícono: está sometida. Hay tanto que no está siendo dicho. Tenemos prisa y en el camino parecemos olvidarnos de nuestra propia naturaleza.

Si bien es cierto, como se ha mencionado, que necesitamos de otros símbolos como complemento de nuestro lenguaje verbal o escrito, en esta época de la comunicación masiva y las posverdades necesitamos símbolos que trasciendan la palabra, no que la reduzcan. Imágenes que nos brinden la posibilidad de la libre interpretación –“cadenas de interpretantes”, diría Derrida a partir de Sanders Peirce– y con ello la dinámica cambiante de nuestras relaciones e intercambios, así como el espacio para la reflexión y la profundidad. El signo, advertían los posestructuralistas, prolifera significado perpetuamente. La actividad simbólica significa crear significado, y el significado es la base del intercambio y de la construcción colectiva de conocimiento. Las imágenes son necesarias sobretodo en contextos donde las palabras “ya no designan, sino encubren”, escribió Silvia Rivera Cusicanqui, mientras Nietzsche se quejaba: el lenguaje reduce la realidad a conceptos creando una ficción colectiva. Pero con los emojis sometemos a la literalidad del ícono un lenguaje ya por naturaleza limitado ante nuestra posibilidad de sentir y crear. Así, la ironía o el sarcasmo se convierten muchas veces petulancia, lo emotivo en burlesco, las ideas no existen, solo una versión banalizada de emociones.

Nuestra realidad está definida por mitos pero no podemos negar nuestra capacidad racional. Incluso los reconocidos autores que resaltan la centralidad de la intuición lo hacen por medio de argumentos y un razonamiento de gran profundidad. No podemos negar que la razón ha estado presente en las ideas que han motivado nuestros logros. ¿Estamos acaso presenciando el triunfo definitivo de lo intuitivo sobre lo racional en una época donde se habría esperado lo contrario?. En un mundo sin palabras y sin riqueza sígnica, ¿dónde queda la elocuencia, la poesía –la metáfora–, el arte? Nuestra sensibilidad no requiere ya de lenguajes complejos, le basta con una caricatura, libre del peso o esfuerzo, libre de interpretación y de lógica.

Es posible que nos estemos quedando sin la posibilidad de comprendernos mejor cuando más lo necesitamos. Preferimos la reducción de lo más profundo de nuestro ser a un pictograma y nos vamos quedando, así, sin identidad. Nos alejamos de los otros pero también de nosotros mismos: de alguna manera nos estamos deshumanizando –la victoria anunciada del capitalismo–. Nos limitamos así, en las palabras de Rivera Cusicanqui, a transmitir información en lugar de crear actos de sabiduría. Y si es la complejidad y riqueza de nuestro lenguaje lo que nos distingue de otras especies, la reducción del mismo quizás también constituya nuestra decadencia.


 

Luisa González-Reiche


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