vías para encontrar la verdad

La búsqueda de la verdad ha sido la misión central de la filosofía, y las religiones, a lo largo de toda la historia. A partir de la edad moderna esta función le fue asignada principalmente a la ciencia, cuyo método se fue puliendo y su rigurosidad se fue haciendo cada vez más confiable. ¿Por qué estamos aquí? ¿Para qué? ¿Qué es la muerte? ¿Existe algún tipo de trascendencia? Todas estas preguntas se relacionan con esa búsqueda. Para los filósofos antiguos la verdad estaba en el conocimiento, como lo sería también para los filósofos de la Ilustración –la filosofía y la ciencia no se distinguen una de la otra hasta entrado el siglo XIX.

 

La religión cristiana a lo largo de la Edad Media, profesaba que en la trascendencia divina estaba la verdad, mientras que para los filósofos de la edad moderna temprana, como Locke o Descartes, la verdad estaba en la comprensión del funcionamiento de las cosas y el pensamiento, fuera por medio de la experiencia o por medio de la razón. Hegel hablará de una verdad “histórica” mientras Marx de una verdad histórica definida por la lucha de clases. Nietzsche, por otro lado, dice que los valores nos han desviado de la única verdad: el instinto.

En la época contemporánea es en la ciencia, más que en la filosofía, donde buscamos la verdad. Tanto así que las explicaciones dadas con lenguaje científico nos pueden parecer verdades sin realmente serlo, o una mala aplicación de las ideas científicas: como sucedió con el relativismo (que no es lo mismo que relatividad) o el darwinismo social.

No hay una sola forma de definir la verdad. El significado de “verdad” ha cambiado con el tiempo y de cultura a cultura de la misma manera como han cambiado los valores y concepciones como las del “bien” y el “mal”. Para nosotros, hoy, verdad es principalmente lo que está apoyado por una evidencia (el principal legado de la ciencia), lo que puede ser probado. Aun así, todas las verdades son cuestionables. Verdad es lo que existe pero muchas veces también lo que se afirma como “probado” en función de su utilidad. Una verdad en una idea o una teoría política, por ejemplo, no puede ser verdad siempre y en todos los contextos. No podemos tomar por verdades ideas que han resultado efectivas en otros lugares sin analizar primero qué tan factibles son en nuestro contexto, sociedad o cultura. La epistemología puede quedarse corta en este aspecto.

Por otro lado, hay “verdades”. La ontología tampoco es prueba absoluta de verdad para todos por igual. Cada quien ve lo que quiere ver o resaltar en lo que hay a su alrededor. Las evidencias nos pueden dar, todavía, diferentes puntos de vista y llevarnos a sacar diferentes conclusiones, de toda observación surge generalmente la interpretación. Es por eso que definir de manera consensuada la verdad es tan difícil, ¡aún ante la evidencia científica!

Definir la verdad en situaciones diarias depende de las necesidades de la disciplina en que cada quien se desenvuelve. Una verdad puede ser una solución a un problema, pero es una verdad temporal, puede ser una norma o los valores, como la ética de trabajo. En ese sentido, la verdad es una convicción, una idea que nos guía, la cual llega a serlo a partir de la indagación, experimentación, cuestionamiento, etc. Muchas veces son ideas que nos atrapan, en las cuales profundizamos y aplicamos de alguna manera con resultados interesantes: podría decirse que una verdad es una idea útil que a la vez nos ayuda a hacer sentido de muchas otras.

Entre tanto discurso (político, pseudocientífico y religioso) existen también verdades manipuladas. Estas responden al pensamiento dogmático, a intereses, a lo primordialmente emotivo o a las modas. No hay un verdadero trasfondo y una vez se cuestionan es difícil mantenerlas como verdades. No podemos decir que la mejor bebida es Coca Cola porque sabemos que no es saludable; no podemos afirmar que un producto o servicio nos hará alcanzar la felicidad pues cada experiencia es distinta para cada persona y la felicidad es algo tan amplio y personal como para poderse reducir a un placer o experiencia específica.

De la misma manera, la religión, dogmática por naturaleza, no es una forma de alcanzar la verdad pues esta nunca nos enseñará a pensar de manera crítica, no nos servirá para enfrentar situaciones, analizarlas y encontrar soluciones flexibles que se adapten a nuestras necesidades o nuestra realidad. Pensar que la vía religiosa y sus valores pueden brindarnos herramientas útiles, sobretodo en un contexto pedagógico, carece sentido pues la doctrina misma está en contra de todo aquello que la búsqueda por “la verdad” implica. Al final de cuentas la búsqueda por la verdad es eso: una búsqueda permanente, un proceso de cuestionamiento donde las respuestas no son nunca definitivas. Es más, sirven para dar lugar a nuevas preguntas. El matemático Charles Sanders Pierce decía que “la mente es un continuo histórico de interpretantes”. La verdad que se da por sentada y se mira como absoluta, es y debe ser siempre, de entrada, sospechosa.

Luisa González-Reiche
2015

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